13.10.08

Relato corto. Sherut 5




La señora Burkarwies pensó muchas cosas al abrir la puerta, pero saludó con su habitual fría cortesía alemana a Ari y Tamar, y no dejó que por su rostro se vislumbrara ni una sola emoción. La moderna casa rezumaba una contradictoria calidez mediterránea, a pesar de que Ari sabía que se encontraba al otro lado de los Alpes, en pleno corazón de Alemania. Se pasó la mano por el cabello revuelto y aspiró una calada del cigarrillo que llevaba entre los labios. Del salón surgió la ronca y áspera voz del abuelo de Gali.
-¡Shabes!
Ari apagó el cigarrillo contra la suela de su zapato y se introdujo en el salón seguido de Tamar, que continuaba con las costras de pintura por todo el cuerpo, aunque había añadido unos vaqueros a la vieja camisa que seguía entreabierta mostrando a medias sus firmes y morenos pechos orientales.
-Shabat Shalom –dijo dulcemente, y después esperó a que Ari la presentara ante su familia política.
-Encantado -se oyó decir al elegante y distinguido general Samuel Burkarwies, que desde su sofá controlaba la situación observando por encima de las gafas-. Supongo que ese maquillaje que lleva es la ultima moda juvenil.
Tamar sonrío dejando al descubierto sus dientes hiperblancos, orgullosa de que aquel tipo tan importante se la comiera con los ojos.
-Soy pintora, Ari me ha sacado arrastrando de casa, así que no he podido ni ducharme.
-Entiendo -dijo Burkarwies, que no entendía nada.
Gali apareció por detrás y se colgó del cuello de Ari, que se entretenía dando pequeños puntapiés al perro. Sacó un cigarrillo mientras arrastraba a la divertida Gali por toda la habitación. El abuelo Hans gruño de nuevo.
-¡Shabes, Shabes! -repitió con su cara de perro.
Ari volvió a guardar el cigarrillo, mirando con cara de pocos amigos al abuelo. Gali ya se había descolgado de su cuello y acariciaba al perro mientras charlaba animadamente con Tamar.
-Ari, quería hablar contigo -dijo el general en tono marcial, con sus fríos ojos prusianos que Gali había heredado empequeñecidos tras las lentes.
-Dime Samuel, ¿qué ocurre?
-Ya sé que no te gusta hablar de esto, pero la semana que viene son las pruebas de la Sinfónica de Israel y he pensado que quizás te interesaría presentarte. Conozco a un par de amigos en el gobierno y podrían ayudarte. Es....
Ari se sentó a su lado, incomodo.
-Veras Samuel. Te agradezco tu interés, de veras, pero voy a repetirte lo que llevo intentando que comprendas desde hace años. Si quisiera ese puesto me presentaría por mí mismo, y lo conseguiría. Pero no es lo que quiero. Si deje mi país y decidí quedarme aquí es para ser conductor de autobús, exactamente para eso. De lo contrario seguiría en mi casa, con mi familia, mis amigos. Lo único que me une a Israel es ese sueño, lo único que me da fuerzas para aguantar aquí, en este país insufrible. Sé que tu intención es buena, pero no estoy dispuesto a mantener conversaciones de este tipo todos los viernes.
Burkarwies respiró fuerte, herido en su orgullo de militar. Por menos de eso habría mandado al calabozo a cualquiera de sus soldados. Intentó calmar el impulso que le llamaba a golpear al novio de su hija y después le sonrío tímidamente.
-Ari, Ari, seamos razonables. Gali es mi única hija, debes pensar en su futuro. ¿Crees que será feliz al lado de un conductor de autobús?
-No veo por que no. Ya soy conductor de sherut y lleva a mi lado cuatro años. Ella tiene un buen trabajo, gana lo suficiente para todos sus caprichos y le sobra.
-No es cuestión de dinero, ya sé que tiene más que todos nosotros. Es cuestión de prestigio social. Dentro de dos meses me retiro, los laboristas me han ofrecido que entre en política y me presente a la Knesset . Entonces será la hija de un diputado. Eso sin contar su brillante futuro laboral. Algún día accederá a un puesto de responsabilidad y tendrá compromisos sociales.
-Bueno, no creo que a los laboristas les importe que tengas un yerno conductor de autobús. Son de izquierdas, ¿no? Y si no les gusta te presentas por Meretz .
El viejo general resopló herido en su orgullo prusiano, y se disponía a decir un par de cosas bien dichas a aquel joven insolente cuando este se levantó y sonriendo a la madre de Gali exclamó:
-¡Así que hoy no comemos pescado!



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