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El motor comenzó a rugir, áspero e inseguro, en el momento en que la virtuosa mano de Ari torció la llave. Se recostó ligeramente sobre el respaldo y encendió un cigarrillo mientras observaba como la estación de autobuses engullía y vomitaba viajeros que comenzaban otro maldito día. Acarició suavemente el volante de piel desgastada que desprendía un ligero y ácido olor a comida oriental para después colocar con precisión el aparato de las monedas sobre el salpicadero y escupir el esputo verdoso de todas las mañanas por la ventana. Lo observó con cara seria y gesto fruncido, pensando que debería dejar de fumar, y a continuación dejó escapar una ligera y seca exhalación asmática antes de volver a llevarse el cigarrillo a los labios. Después empezó su trayecto y al llegar al primer semáforo giró su cabeza a la izquierda y suspiró al ver su viejo Sherut conducido por otro, mientras la señora Grindberg le saludaba con la mano desde la pequeña furgoneta. Espero la luz verde y arrancó su inmenso autobús azul con un golpe seco al acelerador, cerrando el paso al sherut y ganando la batalla por los viajeros de la primera parada. Después siguió su camino hacia el destino seguro y confiado.
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Ari sabia que se acercaba la calle Yehudah Ha-Levi, y recordó los versos del poeta español: “Mi corazón esta en Oriente, mi cuerpo en occidente”. El sentía todo lo contrario, y prefirió pensar en lo curioso de los sentimientos para matar los nervios que le invadían paso a paso. No era solo la maldita curva lo que le preocupaba, era saber de una vez por todas a quien quería, a las sonrosadas mejillas asquenazíes de Gali o a los pechos turgentes y firmes de Tamar. Pensó que se había vuelto israelí, o al menos que le había atrapado la eterna dicotomía de aquella gente. Allí todo era blanco o negro, sefardíes o asquenazíes, laboristas o Likud, religiosos o laicos, paz o guerra, y ahora también Gali o Tamar. Llegó a la última parada antes de la curva y su corazón se aceleró al ver las dos posibilidades con forma de mujer esperando en la marquesina. Gali subió primero y le sonrío ampliamente, sentándose detrás de el. Después llegó Tamar, algo mas seria, y acarició la mano de Ari al posar las monedas sobre su palma. Ari tragó saliva, incomodo por aquella inesperada presencia, y las encuadró en el retrovisor sin caer en la cuenta que otro viajero reclamaba su billete. Ari le miró rápidamente, y sintió un ligero espasmo de asco al recibir unas monedas excesivamente empapadas en sudor. Observó a aquel tipo que estaba más nervioso que él, y sin darle más importancia cerró la puerta y metió la primera. Se incorporó ligeramente y tensó los músculos nada mas divisar la curva a cien metros. Agarró el volante con fuerza, y lo mantuvo firme hasta empezar a entrar en ella. Aceleró ligeramente y sintió las ruedas derechas chirriando en el asfalto, mientras las de la izquierda se levantaban ligeramente. Había empezado a soltar el volante y sentirlo regresar entre sus dedos cuando oyó un grito seco y fanático en el interior del autobús.
“Alahu Akhbar”, fue lo ultimo que oyó antes de clavar los ojos en el retrovisor y ver al tipo nervioso de las monedas sudadas activar la carga explosiva que llevaba adherida al cuerpo. Después todo fue estruendo, silencio, llamas y gemidos, carne quemada y olor a explosivo. Pero de eso Ari nunca se enteró, ni siquiera supo si había pasado la curva o si había visto los ojos de Tamar. Se fue de aquel país con el cuerpo hecho pedazos, en un ataúd metálico que contenía un pezón partido y otro sonrosado, cabalgando a la grupa de aquel sol sionista que después de cincuenta años de lucha era lo único que los árabes habían conseguido echar al mar.
31.1.09
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