ℵ
El motor comenzó a rugir, áspero e inseguro, en el momento en que la virtuosa mano de Ari torció la llave. Se recostó ligeramente sobre el respaldo y encendió un cigarrillo mientras observaba como la estación de autobuses engullía y vomitaba viajeros que comenzaban otro maldito día. Acarició suavemente el volante de piel desgastada que desprendía un ligero y ácido olor a comida oriental para después colocar con precisión el aparato de las monedas sobre el salpicadero y escupir el esputo verdoso de todas las mañanas por la ventana. Lo observó con cara seria y gesto fruncido, pensando que debería dejar de fumar, y a continuación dejó escapar una ligera y seca exhalación asmática antes de volver a llevarse el cigarrillo a los labios. Después empezó su trayecto y al llegar al primer semáforo giró su cabeza a la izquierda y suspiró al ver su viejo Sherut conducido por otro, mientras la señora Grindberg le saludaba con la mano desde la pequeña furgoneta. Espero la luz verde y arrancó su inmenso autobús azul con un golpe seco al acelerador, cerrando el paso al sherut y ganando la batalla por los viajeros de la primera parada. Después siguió su camino hacia el destino seguro y confiado.
ℵ
Ari sabia que se acercaba la calle Yehudah Ha-Levi, y recordó los versos del poeta español: “Mi corazón esta en Oriente, mi cuerpo en occidente”. El sentía todo lo contrario, y prefirió pensar en lo curioso de los sentimientos para matar los nervios que le invadían paso a paso. No era solo la maldita curva lo que le preocupaba, era saber de una vez por todas a quien quería, a las sonrosadas mejillas asquenazíes de Gali o a los pechos turgentes y firmes de Tamar. Pensó que se había vuelto israelí, o al menos que le había atrapado la eterna dicotomía de aquella gente. Allí todo era blanco o negro, sefardíes o asquenazíes, laboristas o Likud, religiosos o laicos, paz o guerra, y ahora también Gali o Tamar. Llegó a la última parada antes de la curva y su corazón se aceleró al ver las dos posibilidades con forma de mujer esperando en la marquesina. Gali subió primero y le sonrío ampliamente, sentándose detrás de el. Después llegó Tamar, algo mas seria, y acarició la mano de Ari al posar las monedas sobre su palma. Ari tragó saliva, incomodo por aquella inesperada presencia, y las encuadró en el retrovisor sin caer en la cuenta que otro viajero reclamaba su billete. Ari le miró rápidamente, y sintió un ligero espasmo de asco al recibir unas monedas excesivamente empapadas en sudor. Observó a aquel tipo que estaba más nervioso que él, y sin darle más importancia cerró la puerta y metió la primera. Se incorporó ligeramente y tensó los músculos nada mas divisar la curva a cien metros. Agarró el volante con fuerza, y lo mantuvo firme hasta empezar a entrar en ella. Aceleró ligeramente y sintió las ruedas derechas chirriando en el asfalto, mientras las de la izquierda se levantaban ligeramente. Había empezado a soltar el volante y sentirlo regresar entre sus dedos cuando oyó un grito seco y fanático en el interior del autobús.
“Alahu Akhbar”, fue lo ultimo que oyó antes de clavar los ojos en el retrovisor y ver al tipo nervioso de las monedas sudadas activar la carga explosiva que llevaba adherida al cuerpo. Después todo fue estruendo, silencio, llamas y gemidos, carne quemada y olor a explosivo. Pero de eso Ari nunca se enteró, ni siquiera supo si había pasado la curva o si había visto los ojos de Tamar. Se fue de aquel país con el cuerpo hecho pedazos, en un ataúd metálico que contenía un pezón partido y otro sonrosado, cabalgando a la grupa de aquel sol sionista que después de cincuenta años de lucha era lo único que los árabes habían conseguido echar al mar.
31.1.09
4.12.08
Sherut Relato corto 9
ℵ
Ari respiraba nerviosamente, entre ahogos asmáticos y sudores fríos. Encendida los cigarros con la colilla del anterior, en una cadena de humo que no parecía tener fin. Gali le observaba con dulzura, sorprendida de querer a aquel tipo extraño y confuso al que no entendía, pero al que había ayudado a entenderse a si mismo. Se fijó en las contracciones de su mandíbula cuadrada, unas contracciones de las que se había enamorado el día que subió a su sherut, uno de esos días orientales que Ari tanto odiaba a las puertas de la estación. Y pasó su fría mirada centroeuropea por aquellas manos largas y finas, que tocaban un cigarro con la misma delicadeza que el piano. Después le susurró algo al oído, algo que Ari no escuchó, y le vio alejarse en dirección al autobús. Ella no sabía que lo que Ari veía en aquella curva eran los ojos negros de Tamar, unos ojos orientales cálidos y seductores como la muerte. Pero aunque lo hubiera sabido no le habría importado.
ℵ
El examinador sonrío al ver subir a Ari. Al fin y al cabo ya le había cogido cariño a aquel tipo testarudo empeñado en estrellarse un año tras otro. Ari se sentó al volante y sintió los músculos rígidos. Después acercó la nariz al volante y olió el aroma del cuero sudado, mientras en su mente empezaban a desfilar las imágenes de siempre.
-Buenos días, Ari. ¿Cómo estas?
-Bien, gracias.
-¿Te has casado ya?
-No, aun no.
-¿Algún hijo?
-Le importa dejar de hacerme preguntas de ese tipo. Me recuerda que llevo cinco años intentando pasar esa maldita curva. Es usted poco sutil.
-Perdona, hombre. Era para rebajar la tensión. En fin. Cuando quieras empezamos.
Ari respiro profundamente, colocó los espejos deteniéndose para echar un rápido vistazo al autobús vacío y giró la llave, sintiendo el mundo vibrando ante sus pies. Después se giró hacia el examinador, con cara de resignación.
-¿Y bien? -preguntó con cara de pocos amigos.
-Haz la línea 10.
-¿Qué? -preguntó sin acabar de entender.
-Que hagas la línea 10.
ℵ
Tamar contemplaba sus pinturas naranjas sentada en el suelo. Se sentía mal, como si la hubieran extirpado un trozo del alma. Entreabrió la camisa azul que Ari le había regalado y observó la cicatriz de su pecho, creyendo que ya nadie la tocaría como si fuera un piano. Sentía la vida como una pesada derrota que la asfixiaba, sentía que ya nunca podría matar el odio y a la vez había dejado de sentir el odio que Ari debía matar, y aquella estúpida contradicción, incoherente y abstracta, la producía un dolor real y punzante que la atravesaba de arriba abajo. Y todo tenía tan poco sentido que se sentía peor a cada instante. Solo el sonido del timbre la hizo reaccionar. Abrió la puerta sin saber que hacia y se encontró con el odio que mas quería.
-Hola, Ari. He llamado a Gali, me ha dicho que ya eres conductor de autobús. No puedo decir que me alegre, pero enhorabuena. Se lo importante que es para ti.
Ari sonrío en silencio, mirando la piel oscura de Tamar a través del humo de su cigarrillo. Pero no estaba feliz.
-¿Y bien? -dijo Tamar con la mirada perdida en el suelo-. ¿Estaban mis ojos en la curva?
-No lo se. Hice la línea 10.
-¿Qué?
-Lo que oyes. Decidieron cambiar la ruta del examen. Fue demasiado fácil. Demasiado. Ahora soy conductor de autobús, pero sigo sin saber si puedo con la maldita curva. Y sin saber a quien quiero. Y lo peor es que me han asignado a la línea 4. Así que mañana lo sabré, y los viajeros también.
-Pero, eso es terrible. ¿Y si te estrellas? -dijo Tamar pasándose la mano por el corto cabello.
-Si me estrello habrá una boda y varios funerales, eso suponiendo que no esté entre los muertos. Una boda sefardí, entre tú y yo, y te besare hasta que se me duerman los labios. Y tendremos una hija con los dientes hiperblancos y exhalaciones asmáticas.
-¿Y si no hay accidente? -preguntó Tamar sonriente.
-Habrá boda asquenazí, con el jodido Gefilta Fish y el general, y todas esas mierdas. Y no te invitare.
ANTERIOR
Ari respiraba nerviosamente, entre ahogos asmáticos y sudores fríos. Encendida los cigarros con la colilla del anterior, en una cadena de humo que no parecía tener fin. Gali le observaba con dulzura, sorprendida de querer a aquel tipo extraño y confuso al que no entendía, pero al que había ayudado a entenderse a si mismo. Se fijó en las contracciones de su mandíbula cuadrada, unas contracciones de las que se había enamorado el día que subió a su sherut, uno de esos días orientales que Ari tanto odiaba a las puertas de la estación. Y pasó su fría mirada centroeuropea por aquellas manos largas y finas, que tocaban un cigarro con la misma delicadeza que el piano. Después le susurró algo al oído, algo que Ari no escuchó, y le vio alejarse en dirección al autobús. Ella no sabía que lo que Ari veía en aquella curva eran los ojos negros de Tamar, unos ojos orientales cálidos y seductores como la muerte. Pero aunque lo hubiera sabido no le habría importado.
ℵ
El examinador sonrío al ver subir a Ari. Al fin y al cabo ya le había cogido cariño a aquel tipo testarudo empeñado en estrellarse un año tras otro. Ari se sentó al volante y sintió los músculos rígidos. Después acercó la nariz al volante y olió el aroma del cuero sudado, mientras en su mente empezaban a desfilar las imágenes de siempre.
-Buenos días, Ari. ¿Cómo estas?
-Bien, gracias.
-¿Te has casado ya?
-No, aun no.
-¿Algún hijo?
-Le importa dejar de hacerme preguntas de ese tipo. Me recuerda que llevo cinco años intentando pasar esa maldita curva. Es usted poco sutil.
-Perdona, hombre. Era para rebajar la tensión. En fin. Cuando quieras empezamos.
Ari respiro profundamente, colocó los espejos deteniéndose para echar un rápido vistazo al autobús vacío y giró la llave, sintiendo el mundo vibrando ante sus pies. Después se giró hacia el examinador, con cara de resignación.
-¿Y bien? -preguntó con cara de pocos amigos.
-Haz la línea 10.
-¿Qué? -preguntó sin acabar de entender.
-Que hagas la línea 10.
ℵ
Tamar contemplaba sus pinturas naranjas sentada en el suelo. Se sentía mal, como si la hubieran extirpado un trozo del alma. Entreabrió la camisa azul que Ari le había regalado y observó la cicatriz de su pecho, creyendo que ya nadie la tocaría como si fuera un piano. Sentía la vida como una pesada derrota que la asfixiaba, sentía que ya nunca podría matar el odio y a la vez había dejado de sentir el odio que Ari debía matar, y aquella estúpida contradicción, incoherente y abstracta, la producía un dolor real y punzante que la atravesaba de arriba abajo. Y todo tenía tan poco sentido que se sentía peor a cada instante. Solo el sonido del timbre la hizo reaccionar. Abrió la puerta sin saber que hacia y se encontró con el odio que mas quería.
-Hola, Ari. He llamado a Gali, me ha dicho que ya eres conductor de autobús. No puedo decir que me alegre, pero enhorabuena. Se lo importante que es para ti.
Ari sonrío en silencio, mirando la piel oscura de Tamar a través del humo de su cigarrillo. Pero no estaba feliz.
-¿Y bien? -dijo Tamar con la mirada perdida en el suelo-. ¿Estaban mis ojos en la curva?
-No lo se. Hice la línea 10.
-¿Qué?
-Lo que oyes. Decidieron cambiar la ruta del examen. Fue demasiado fácil. Demasiado. Ahora soy conductor de autobús, pero sigo sin saber si puedo con la maldita curva. Y sin saber a quien quiero. Y lo peor es que me han asignado a la línea 4. Así que mañana lo sabré, y los viajeros también.
-Pero, eso es terrible. ¿Y si te estrellas? -dijo Tamar pasándose la mano por el corto cabello.
-Si me estrello habrá una boda y varios funerales, eso suponiendo que no esté entre los muertos. Una boda sefardí, entre tú y yo, y te besare hasta que se me duerman los labios. Y tendremos una hija con los dientes hiperblancos y exhalaciones asmáticas.
-¿Y si no hay accidente? -preguntó Tamar sonriente.
-Habrá boda asquenazí, con el jodido Gefilta Fish y el general, y todas esas mierdas. Y no te invitare.
ANTERIOR
16.11.08
Ofra Haza - Im Ninalu עפרה חזה - מילים לשיר אם ננעלו
אם ננעלו דלתי נדיבים
דלתי מרום לא ננעלו
אל חי מרומם על כרובים
כולם ברוחו יעלו
אם ננעלו דלתי נדיבים
דלתי מרום לא ננעלו
אל חי מרומם על כרובים
כולם ברוחו יעלו
אל חי
כי הם אלי כיסאו קרובים
יודו שמו ויהללו
חיות שהם רצוא ושבים
מיום בריאה נכללו
אל חי
אל חי
ובשש כנפיים סביבים
עפים בעת יתגלגלו
אם ננעלו, אם ננעלו
אם ננעלו דלתי נדיבים
דלתי מרום לא ננעלו
אל חי מרום, אל חי מרומם
אל חי מרומם על כרובים
כולם ברוחם יעלו
גלגל ואופן רועשים
מודים שמו ומקדשים
מזיז כבודו לובשים
ובשש כנפיים סביבים
עפים בעת יתגלגלו
יענו בקול שירים ערבים
יחד באותות נדגלו
גלגל ואופן רועשים
מודים שמו ומקדשים
מזיו כבודו לובשים
אל חי
אם ננעלו דלתי נדיבים
דלתי מרום לא ננעלו
אל חי מרומם על כרובים
כולם ברוחו יעלו
כי הם אלי כיסאו קרובים
יודו שמו ויהללו
חיות שהם רצוא ושבים
מיום בריאה נכללו
ובשש כנפיים סביבים
עפים בעת יתגלגלו
Relato corto. Sherut 8
ℵ
Tamar estaba recostada sobre la parada del autobús y Ari sobre ella mientras aproximaban sus bocas. Podía ver las líneas de sus labios en un intenso contraste con los dientes blancos, podía sentir su mirada acechándole, esa mirada que se le aparecía todos los años en la curva de la calle Yehudah Ha-Levi, y sintió una fuerte atracción hacia ella, una atracción que no tenía que ver ni con la cicatriz de su pezón ni con aquella curva.
-Tengo unas inmensas ganas de besarte -dijo Ari con su hebreo ronco y sensual.
-No lo hagas, Ari. No volvería a ser lo mismo. Lo estropearíamos para siempre. Le daríamos la razón al pescado.
-¿Y si apruebo ese maldito examen? ¿También se acabaría?
-No lo se Ari, algún día tiene que acabarse. Además esta Gali, ¿qué harías tú sin su sentido común? Sin sus viernes asquenazíes. Sin sus pechos rosados e irritables.
-¿Crees que la estamos engañando?
-Si y no. Ella te pregunta si te has acostado conmigo, y tú la has dicho que no, la has dicho la verdad. Pero ella sabe que entre nosotros hay algo, solo que es demasiado fuerte para que lo entienda. Y si no lo entiende no puede molestarle.
-Puede ser, pero y si los que estamos engañados somos nosotros. Si no hubiera existido esa curva, si no te hubiera partido el pezón, si no hubieras destrozado mi piano. Si lo que nos pasa es que nos queremos y nos engañamos pensando que nuestra relación no es más que una manera de matar el odio que creamos en aquella maldita curva. Y si lo que queremos es besarnos.
-A veces pienso lo mismo, Ari, pero tu quieres a Gali, y quieres ser conductor de autobús. Tú ya te excitabas en esa curva antes de conocerme, y yo entré en el juego de casualidad. Me asociaste a tus fantasías. El día que pases esa curva te olvidaras de mí para siempre. Y te dejara de gustar mi cicatriz, porque habrás conseguido lo que querías. Yo también quiero besarte, y mucho mas, pero no quiero estropearlo. Haz ese maldito examen, apruébalo, y si después aun deseas mi cicatriz y mi piel te sigue oliendo ácida y oriental como tu volante, entonces será cierto que nos queremos. Pero ahora vamos a subirnos a ese autobús y vamos a disfrutar de lo que tenemos.
ANTERIOR
SIGUE
Tamar estaba recostada sobre la parada del autobús y Ari sobre ella mientras aproximaban sus bocas. Podía ver las líneas de sus labios en un intenso contraste con los dientes blancos, podía sentir su mirada acechándole, esa mirada que se le aparecía todos los años en la curva de la calle Yehudah Ha-Levi, y sintió una fuerte atracción hacia ella, una atracción que no tenía que ver ni con la cicatriz de su pezón ni con aquella curva.
-Tengo unas inmensas ganas de besarte -dijo Ari con su hebreo ronco y sensual.
-No lo hagas, Ari. No volvería a ser lo mismo. Lo estropearíamos para siempre. Le daríamos la razón al pescado.
-¿Y si apruebo ese maldito examen? ¿También se acabaría?
-No lo se Ari, algún día tiene que acabarse. Además esta Gali, ¿qué harías tú sin su sentido común? Sin sus viernes asquenazíes. Sin sus pechos rosados e irritables.
-¿Crees que la estamos engañando?
-Si y no. Ella te pregunta si te has acostado conmigo, y tú la has dicho que no, la has dicho la verdad. Pero ella sabe que entre nosotros hay algo, solo que es demasiado fuerte para que lo entienda. Y si no lo entiende no puede molestarle.
-Puede ser, pero y si los que estamos engañados somos nosotros. Si no hubiera existido esa curva, si no te hubiera partido el pezón, si no hubieras destrozado mi piano. Si lo que nos pasa es que nos queremos y nos engañamos pensando que nuestra relación no es más que una manera de matar el odio que creamos en aquella maldita curva. Y si lo que queremos es besarnos.
-A veces pienso lo mismo, Ari, pero tu quieres a Gali, y quieres ser conductor de autobús. Tú ya te excitabas en esa curva antes de conocerme, y yo entré en el juego de casualidad. Me asociaste a tus fantasías. El día que pases esa curva te olvidaras de mí para siempre. Y te dejara de gustar mi cicatriz, porque habrás conseguido lo que querías. Yo también quiero besarte, y mucho mas, pero no quiero estropearlo. Haz ese maldito examen, apruébalo, y si después aun deseas mi cicatriz y mi piel te sigue oliendo ácida y oriental como tu volante, entonces será cierto que nos queremos. Pero ahora vamos a subirnos a ese autobús y vamos a disfrutar de lo que tenemos.
ANTERIOR
SIGUE
6.11.08
La Luna como una nueva frontera
Obama, Yes we Can lyrics en español
It was a creed written into the founding documents that declared the destiny of a nation.
Yes we can.
It was whispered by slaves and abolitionists as they blazed a trail toward freedom.
Yes we can.
It was sung by immigrants as they struck out from distant shores and pioneers who pushed westward against an unforgiving wilderness.
Yes we can.
It was the call of workers who organized; women who reached for the ballots; a President who chose the moon as our new frontier; and a King who took us to the mountaintop and pointed the way to the Promised Land.
Yes we can to justice and equality.
Yes we can to opportunity and prosperity.
Yes we can heal this nation.
Yes we can repair this world.
Yes we can.
We know the battle ahead will be long, but always remember that no matter what obstacles stand in our way, nothing can stand in the way of the power of millions of voices calling for change.
We have been told we cannot do this by a chorus of cynics...they will only grow louder and more dissonant ........... We've been asked to pause for a reality check. We've been warned against offering the people of this nation false hope.
But in the unlikely story that is America, there has never been anything false about hope.
Now the hopes of the little girl who goes to a crumbling school in Dillon are the same as the dreams of the boy who learns on the streets of LA; we will remember that there is something happening in America; that we are not as divided as our politics suggests; that we are one people; we are one nation; and together, we will begin the next great chapter in the American story with three words that will ring from coast to coast; from sea to shining sea --
Yes. We. Can.
Etiquetas:
ganadora,
lyrics,
obama,
VeneciaLuna,
yes we can
Relato corto. Sherut 7
ℵ
Ari caminaba como un muerto viviente entre las calles del barrio yemenita. Su camisa azul cielo se había oscurecido por el desbordante sudor que le acompañaba eternamente y acompañaba sus zancadas con sus típicas exhalaciones asmáticas. Sentía de nuevo esa fastidiosa opresión en el pecho, y pensó que después del examen de conductor se tomaría unas vacaciones y se iría con Gali al Negev, para que el clima seco curara sus destrozados pulmones. Cruzó las oscuras y malolientes calles del mercado Ha-Carmel, desiertas a esas horas de la madrugada y se dirigió al otro lado de la calle Allenby. Después se perdió entre la multitud que pululaba en busca de bares y restaurantes y entró en un local de música tranquila y ambiente lúgubre. Se dejó caer junto a Tamar, que permanecía inmóvil y silenciosa en compañía de un tipo alto y con una larga cabellera rubia.
-Ari, te presento a Itai. Es pintor, deportista, y no quiere joderme porque le da grima mi pezón partido. Itai, te presento a Ari. Es conductor de sherut, fumador empedernido y fue él el que me partió el pezón.
-Encantado -murmuró Itai sin ni siquiera mirarle.
-¿Y Gali? -preguntó Tamar. Ari se encogió de hombros-. ¿Se sabe algo de las pruebas?
-La semana que viene. Estoy con los nervios desechos. No puedo dejar de pensar en esa maldita curva del diablo. Estoy seguro que me volveré a estrellar.
-Vamos, Ari –dijo Tamar en tono compasivo mientras acariciaba con placer su sudada camisa-, es todo psicológico. Conduces muy bien. No es normal que tengas miedo a una curva. Es solo una curva. Un golpe de volante, y ya está. Yo no voy a estar allí como hace cinco años para destrozarte la vida. Se que esta semana será difícil, pero puedes contar conmigo para lo que quieras.
-¿Para lo que quiera? –preguntó Ari con tono dulce.
-Sí, ya lo sabes.
-Está bien, en ese caso, tráeme una cerveza. Muy fría.
-Eres un grandísimo bastardo, Ari -replicó Tamar mientras se alejaba en dirección a la barra. Ari observaba sus finos movimientos de cadera cuando el pintor de larga cabellera le hizo volver a la húmeda realidad envuelta en sudor.
-No tienes manos de conductor -dijo Itai-. Los autobuses se conducen como la vida, con fuerza. Si no es un desastre, como tu vida.
-¿Y cómo sabes que mi vida es un desastre? -preguntó Ari encendiendo un cigarrillo.
-Lo dicen tus ojos.
-Si, claro, pero cambia el discursito anatómico de intelectual alternativo.
-Vale, vale. Y dime, ¿por qué le partiste el pezón a Tamar? ¿En serio te gusta ese horrible pezón?
-Si, me gusta, me vuelve loco, pero yo no se lo hice. Fue un accidente, un maldito accidente. Yo la destrocé la teta y ella me destrozó la estabilidad mental. Y como los dos nos sentimos culpables llevamos cinco años sin saber que hacer, si amarnos para la eternidad o matarnos mutuamente. En realidad es algo incompresible.
-Sí, la verdad es que no lo entiendo –dijo Itai mientras se llevaba un vaso de whisky a la boca-. ¿Podrías ser más explícito?
-Verás, yo era pianista. Conseguí una beca para estudiar en Israel. Cuando llegué a este país sólo quería tocar el piano, pero un maldito día me subí a un autobús, al autobús de la línea 4. No se lo que pasó, fue algo muy extraño. En cada curva era como si se me disparara la tensión, cada vez que aceleraba era rozar el éxtasis, cuando llegó a la calle Yehudah Ha-Levi y tomó la curva del final, esa curva cerrada, estrecha, con todos esos coches en doble fila ocurrió algo. La enfiló a setenta por hora, sentí las ruedas pegadas al asfalto en la parte derecha, levitando en el lado izquierdo, ví la vida pasar a cien por hora por mis ojos, y tuve un orgasmo. Y me di cuenta que eso era el virtuosismo, eso y no lo que yo hacia con el piano. Estuve cinco semanas luchando contra mí mismo, me encerraba con mi piano, lo acariciaba, le hablaba, le hacia sufrir, pero al final del día siempre acababa en ese maldito autobús, sudando de placer, gimiendo ante la mirada alucinada de treinta pasajeros cada vez que tomaba esa curva. Y no lo soporté, dejé el piano, me convertí al judaísmo y me hice conductor de sherut. Esperé un año antes de presentarme a las pruebas de conductor de autobús. Conocía el recorrido a la perfección, podía hacerlo con los ojos cerrados, podía oler y escuchar a los demás coches, a los peatones, podía hacer lo que quisiera con ese maldito autobús, lo que quisiera. Y allí estaba, cumpliendo mi sueño, lo tenía al alcance de la mano, solo tenía que pasar la curva de Allenby y sería conductor de autobús. La enfilé con ganas, con fuerza, con una sensación de placer que nunca volveré a tener. Agarré el volante con fuerza y comencé a girarlo, suave y firme, hasta llegar al centro de la maldita curva. Tenía la piel de gallina, los pelos de punta, era perfecto, comencé a soltar el volante, lo sentí deslizarse entre mis dedos sudorosos, respiré con satisfacción, y entonces un coche pequeño azul, que estaba en doble fila salió sin mirar. Lo conducía Tamar. Ví sus ojos negros que me miraban desde detrás del cristal, y me ví reflejados en ellos. Fue precioso. Me vi a mí mismo, en el clímax del orgasmo, al mando de ese autobús, y no hice nada, me quede mirando. Podía haber girado y haber esquivado su coche, pero no lo hice, me quede observándome a través de sus ojos. Y ella tampoco hizo nada, se quedo igual que yo, con una inmensa cara de felicidad, viendo como golpeaba su coche. Después vino un espeso silencio, eterno, y seguíamos mirándonos. Había un inmenso pestazo a gasolina mezclado con el olor de su sangre y la mía. Hasta que llegó una ambulancia y nos llevaron al hospital. Entonces ví que su pecho estaba partido por la mitad, y me desmaye. No volví a verla hasta el día del juicio. Me había denunciado porque su novio la había dejado a causa del pezón partido. Yo intenté disculparme, pero no quiso ni escucharme. Me condenaron a indemnizarla por daños psicológicos y físicos, así que como no tenía dinero embargaron mi piano, que se quedó ella. Me volví a presentar al año siguiente, pero fue un desastre, en cuanto llegué a la maldita curva del accidente volví a ver los ojos de Tamar flotando en frente de mí, y me vi reflejados en ellos. Quedé paralizado, no pude mover ni un músculo, y me estrellé contra un coche aparcado. Así que conseguí su dirección y fui a verla.
-¿Para qué? -preguntó Itai con tono curioso.
-Para que le devolviera su piano -dijo Tamar, que había vuelto con la cerveza y escuchaba la conversación detrás de ellos-. Decía que no podía dejar de ver mis ojos en aquella curva y que ya nunca podría ser conductor de autobús. Quería volver a tocar su piano, pero yo lo destrocé con un hacha delante de él. Entonces se puso histérico, a decir que yo había tenido la culpa del accidente, y que no entendía ese inmenso rencor solo porque yo tuviera mi pezón partido. Me desabroché la camisa y se lo enseñé, y le pregunté si no era terrible vivir con esa marca para siempre. El se quedó blanco, mirando el pezón sin parar, y empezó a tener convulsiones nerviosas, cayó de rodillas observando mi pecho, acercó su mano y comenzó a acariciarlo. Yo no supe que decir, ni moví una pestaña, nunca me habían tocado como si fuera un piano, caí de rodillas y dejé que siguiera tocando todo mi cuerpo con esas finas manos. Acabé tendida en el suelo, con la cabeza ladeada, observando el piano que había destrozado, y el siguió acariciándome hasta que los dos tuvimos un orgasmo. No hubo nada más que caricias, pero fue la mejor experiencia sexual de mi vida. Y así ha sido desde entonces, el piano sigue en mi casa deshecho, y siempre acabamos jadeantes en el suelo, yo mirando mi destrucción y el la suya.
-Dios Mío, estáis los dos locos -dijo Itai apurando las ultimas gotas de su whisky-, ¿queréis decir que nunca lo habéis hecho?
-Por supuesto que lo hacemos, solo que no como el resto de la gente, no necesito que entre en mí para sentirlo. Es algo inexplicable, maravilloso.
-¿Y siempre mirando el piano y el pezón? -preguntó Itai excitado.
-No, ya no hace ni falta. Basta casi con mirarnos -dijo Ari observando a Tamar, que se levantaba tirando de sus manos de pianista.
-Esperad..... -dijo Itai viendo como salían del bar, pero su ruego fue inútil.
ANTERIOR
SIGUE
Ari caminaba como un muerto viviente entre las calles del barrio yemenita. Su camisa azul cielo se había oscurecido por el desbordante sudor que le acompañaba eternamente y acompañaba sus zancadas con sus típicas exhalaciones asmáticas. Sentía de nuevo esa fastidiosa opresión en el pecho, y pensó que después del examen de conductor se tomaría unas vacaciones y se iría con Gali al Negev, para que el clima seco curara sus destrozados pulmones. Cruzó las oscuras y malolientes calles del mercado Ha-Carmel, desiertas a esas horas de la madrugada y se dirigió al otro lado de la calle Allenby. Después se perdió entre la multitud que pululaba en busca de bares y restaurantes y entró en un local de música tranquila y ambiente lúgubre. Se dejó caer junto a Tamar, que permanecía inmóvil y silenciosa en compañía de un tipo alto y con una larga cabellera rubia.
-Ari, te presento a Itai. Es pintor, deportista, y no quiere joderme porque le da grima mi pezón partido. Itai, te presento a Ari. Es conductor de sherut, fumador empedernido y fue él el que me partió el pezón.
-Encantado -murmuró Itai sin ni siquiera mirarle.
-¿Y Gali? -preguntó Tamar. Ari se encogió de hombros-. ¿Se sabe algo de las pruebas?
-La semana que viene. Estoy con los nervios desechos. No puedo dejar de pensar en esa maldita curva del diablo. Estoy seguro que me volveré a estrellar.
-Vamos, Ari –dijo Tamar en tono compasivo mientras acariciaba con placer su sudada camisa-, es todo psicológico. Conduces muy bien. No es normal que tengas miedo a una curva. Es solo una curva. Un golpe de volante, y ya está. Yo no voy a estar allí como hace cinco años para destrozarte la vida. Se que esta semana será difícil, pero puedes contar conmigo para lo que quieras.
-¿Para lo que quiera? –preguntó Ari con tono dulce.
-Sí, ya lo sabes.
-Está bien, en ese caso, tráeme una cerveza. Muy fría.
-Eres un grandísimo bastardo, Ari -replicó Tamar mientras se alejaba en dirección a la barra. Ari observaba sus finos movimientos de cadera cuando el pintor de larga cabellera le hizo volver a la húmeda realidad envuelta en sudor.
-No tienes manos de conductor -dijo Itai-. Los autobuses se conducen como la vida, con fuerza. Si no es un desastre, como tu vida.
-¿Y cómo sabes que mi vida es un desastre? -preguntó Ari encendiendo un cigarrillo.
-Lo dicen tus ojos.
-Si, claro, pero cambia el discursito anatómico de intelectual alternativo.
-Vale, vale. Y dime, ¿por qué le partiste el pezón a Tamar? ¿En serio te gusta ese horrible pezón?
-Si, me gusta, me vuelve loco, pero yo no se lo hice. Fue un accidente, un maldito accidente. Yo la destrocé la teta y ella me destrozó la estabilidad mental. Y como los dos nos sentimos culpables llevamos cinco años sin saber que hacer, si amarnos para la eternidad o matarnos mutuamente. En realidad es algo incompresible.
-Sí, la verdad es que no lo entiendo –dijo Itai mientras se llevaba un vaso de whisky a la boca-. ¿Podrías ser más explícito?
-Verás, yo era pianista. Conseguí una beca para estudiar en Israel. Cuando llegué a este país sólo quería tocar el piano, pero un maldito día me subí a un autobús, al autobús de la línea 4. No se lo que pasó, fue algo muy extraño. En cada curva era como si se me disparara la tensión, cada vez que aceleraba era rozar el éxtasis, cuando llegó a la calle Yehudah Ha-Levi y tomó la curva del final, esa curva cerrada, estrecha, con todos esos coches en doble fila ocurrió algo. La enfiló a setenta por hora, sentí las ruedas pegadas al asfalto en la parte derecha, levitando en el lado izquierdo, ví la vida pasar a cien por hora por mis ojos, y tuve un orgasmo. Y me di cuenta que eso era el virtuosismo, eso y no lo que yo hacia con el piano. Estuve cinco semanas luchando contra mí mismo, me encerraba con mi piano, lo acariciaba, le hablaba, le hacia sufrir, pero al final del día siempre acababa en ese maldito autobús, sudando de placer, gimiendo ante la mirada alucinada de treinta pasajeros cada vez que tomaba esa curva. Y no lo soporté, dejé el piano, me convertí al judaísmo y me hice conductor de sherut. Esperé un año antes de presentarme a las pruebas de conductor de autobús. Conocía el recorrido a la perfección, podía hacerlo con los ojos cerrados, podía oler y escuchar a los demás coches, a los peatones, podía hacer lo que quisiera con ese maldito autobús, lo que quisiera. Y allí estaba, cumpliendo mi sueño, lo tenía al alcance de la mano, solo tenía que pasar la curva de Allenby y sería conductor de autobús. La enfilé con ganas, con fuerza, con una sensación de placer que nunca volveré a tener. Agarré el volante con fuerza y comencé a girarlo, suave y firme, hasta llegar al centro de la maldita curva. Tenía la piel de gallina, los pelos de punta, era perfecto, comencé a soltar el volante, lo sentí deslizarse entre mis dedos sudorosos, respiré con satisfacción, y entonces un coche pequeño azul, que estaba en doble fila salió sin mirar. Lo conducía Tamar. Ví sus ojos negros que me miraban desde detrás del cristal, y me ví reflejados en ellos. Fue precioso. Me vi a mí mismo, en el clímax del orgasmo, al mando de ese autobús, y no hice nada, me quede mirando. Podía haber girado y haber esquivado su coche, pero no lo hice, me quede observándome a través de sus ojos. Y ella tampoco hizo nada, se quedo igual que yo, con una inmensa cara de felicidad, viendo como golpeaba su coche. Después vino un espeso silencio, eterno, y seguíamos mirándonos. Había un inmenso pestazo a gasolina mezclado con el olor de su sangre y la mía. Hasta que llegó una ambulancia y nos llevaron al hospital. Entonces ví que su pecho estaba partido por la mitad, y me desmaye. No volví a verla hasta el día del juicio. Me había denunciado porque su novio la había dejado a causa del pezón partido. Yo intenté disculparme, pero no quiso ni escucharme. Me condenaron a indemnizarla por daños psicológicos y físicos, así que como no tenía dinero embargaron mi piano, que se quedó ella. Me volví a presentar al año siguiente, pero fue un desastre, en cuanto llegué a la maldita curva del accidente volví a ver los ojos de Tamar flotando en frente de mí, y me vi reflejados en ellos. Quedé paralizado, no pude mover ni un músculo, y me estrellé contra un coche aparcado. Así que conseguí su dirección y fui a verla.
-¿Para qué? -preguntó Itai con tono curioso.
-Para que le devolviera su piano -dijo Tamar, que había vuelto con la cerveza y escuchaba la conversación detrás de ellos-. Decía que no podía dejar de ver mis ojos en aquella curva y que ya nunca podría ser conductor de autobús. Quería volver a tocar su piano, pero yo lo destrocé con un hacha delante de él. Entonces se puso histérico, a decir que yo había tenido la culpa del accidente, y que no entendía ese inmenso rencor solo porque yo tuviera mi pezón partido. Me desabroché la camisa y se lo enseñé, y le pregunté si no era terrible vivir con esa marca para siempre. El se quedó blanco, mirando el pezón sin parar, y empezó a tener convulsiones nerviosas, cayó de rodillas observando mi pecho, acercó su mano y comenzó a acariciarlo. Yo no supe que decir, ni moví una pestaña, nunca me habían tocado como si fuera un piano, caí de rodillas y dejé que siguiera tocando todo mi cuerpo con esas finas manos. Acabé tendida en el suelo, con la cabeza ladeada, observando el piano que había destrozado, y el siguió acariciándome hasta que los dos tuvimos un orgasmo. No hubo nada más que caricias, pero fue la mejor experiencia sexual de mi vida. Y así ha sido desde entonces, el piano sigue en mi casa deshecho, y siempre acabamos jadeantes en el suelo, yo mirando mi destrucción y el la suya.
-Dios Mío, estáis los dos locos -dijo Itai apurando las ultimas gotas de su whisky-, ¿queréis decir que nunca lo habéis hecho?
-Por supuesto que lo hacemos, solo que no como el resto de la gente, no necesito que entre en mí para sentirlo. Es algo inexplicable, maravilloso.
-¿Y siempre mirando el piano y el pezón? -preguntó Itai excitado.
-No, ya no hace ni falta. Basta casi con mirarnos -dijo Ari observando a Tamar, que se levantaba tirando de sus manos de pianista.
-Esperad..... -dijo Itai viendo como salían del bar, pero su ruego fue inútil.
ANTERIOR
SIGUE
Etiquetas:
premio,
Relato corto,
Sherut Relato 7
27.10.08
22.10.08
Chandrayaan Luna Vehiculo
Chandrayaan I (en Sánscrito चंद्रयान - "Chandra": Luna, "Yaan": vehículo) es el nombre de un proyecto de la Agencia India de Investigación Espacial (Indian Space Research Organization, ISRO) para enviar una sonda espacial no tripulada a la Luna, donde tomará una órbita polar en torno al satélite.
20.10.08
Relato corto. Sherut 6
ℵ
El shabat había llegado a su fin y la estación de autobús volvía a vomitar y engullir viajeros con su frenético ritmo habitual. Y Ari volvía a observar Oriente Medio desde el otro lado del cristal, mientras golpeaba con cuidada parsimonia el cuero del volante y un cigarrillo judío pendía de sus labios gentiles. Con gesto melancólico y triste contempló la ciudad, que empezaba a despertarse de su sueño sabático, y observó con detenimiento como se abrían los cierres de los restaurantes y la gente empezaba a brotar de los portales color mierda diarreica para vivir su particular noche de liberación. En el sherut solo había un par de hombres de unos cincuenta años con la piel curtida por el sol que en esos momentos había desaparecido en dirección oeste, ese sol sionista que después de cincuenta años de lucha era lo único que los árabes habían conseguido echar al mar.
-Me gustaría cenar en casa, si no te importa –gruñó uno de sus pasajeros con su peculiar e inexistente amabilidad israelí.
Ari arrancó el motor sin dejar de pensar en los cinco años que llevaba sin cenar en su casa, no aquella maldita cárcel de hormigón que habitaba en el barrio yemenita de Tel-Aviv, sino su verdadera casa al otro lado del mediterráneo, donde había sido feliz a medias, como todos, y donde veía nacer el día desde el mar y no desde las montañas. Pero allí no había autobuses como los de Israel y si algunos millones de imbéciles más que en este su país adoptivo. Después dejó que su vehículo blanco se perdiera en dirección al centro y susurró una vieja canción que ya no cantaba a nadie desde el asiento trasero de su viejo coche.
ℵ
Las oficinas de la empresa de autobuses Dan rugían al ritmo acompasado de sus viejas maquinas de aire acondicionado. El agua color marrón se escapaba entre los anticuados tubos y caían por la pared formando esas capas de mugre húmeda que tanto caracterizaban a aquella curiosa ciudad. Ari empujó la puerta con su pie derecho y se introdujo velozmente, guiado por cinco frustrantes experiencias. Se limpió el sudor de la frente y lo trasladó al lateral de su pantalón, dejando una extraña marca con aires de pintura rupestre. Después giró ligeramente la barbilla, liberando la copiosa ceniza del cigarrillo que aplastaba entre los dientes. Sintió calor entre sus labios y escupió la colilla hacia un cenicero colapsado que lo repelió sin titubear. A continuación volvió a frotar sus manos contra el pantalón y se acercó al solitario mostrador. La empleada le miraba sonriente, divertida por todas aquellos extraños movimientos que había realizado desde su llegada. Se irguió lentamente, liberando los inmensos pechos que estrujaba entre sus brazos y los contoneó ligeramente, pero la gravedad se los llevó despiadadamente camino de su ombligo. Ari movió los labios, pero su voz era imperceptible. Su mano derecha se alargó acompañada de un claro temblor. Volvió a decir algo, pero la empleada seguía sin entenderle.
-Tú debes ser el que ha suspendido cinco veces. Deberías tranquilizarte. ¿Has probado con yoga? Si te pones así para pedir una solicitud no quiero ni imaginar donde vas a estrellarte el día del examen.
Ari intento sonreír, visiblemente molesto, pero ni eso era capaz de hacer. Encendió un cigarrillo y comenzó a rellenar la solicitud. Seguía sudando y las gotas que desprendía su frente caían sobre el papel. Lo agitó antes de entregárselo a la chica del mostrador, que lo agarró con dos dedos y muestras de repulsión. Después estampó su sello con contundencia y dio el resguardo a Ari.
ANTERIOR
SIGUIENTE
Relato completo aquí
El shabat había llegado a su fin y la estación de autobús volvía a vomitar y engullir viajeros con su frenético ritmo habitual. Y Ari volvía a observar Oriente Medio desde el otro lado del cristal, mientras golpeaba con cuidada parsimonia el cuero del volante y un cigarrillo judío pendía de sus labios gentiles. Con gesto melancólico y triste contempló la ciudad, que empezaba a despertarse de su sueño sabático, y observó con detenimiento como se abrían los cierres de los restaurantes y la gente empezaba a brotar de los portales color mierda diarreica para vivir su particular noche de liberación. En el sherut solo había un par de hombres de unos cincuenta años con la piel curtida por el sol que en esos momentos había desaparecido en dirección oeste, ese sol sionista que después de cincuenta años de lucha era lo único que los árabes habían conseguido echar al mar.
-Me gustaría cenar en casa, si no te importa –gruñó uno de sus pasajeros con su peculiar e inexistente amabilidad israelí.
Ari arrancó el motor sin dejar de pensar en los cinco años que llevaba sin cenar en su casa, no aquella maldita cárcel de hormigón que habitaba en el barrio yemenita de Tel-Aviv, sino su verdadera casa al otro lado del mediterráneo, donde había sido feliz a medias, como todos, y donde veía nacer el día desde el mar y no desde las montañas. Pero allí no había autobuses como los de Israel y si algunos millones de imbéciles más que en este su país adoptivo. Después dejó que su vehículo blanco se perdiera en dirección al centro y susurró una vieja canción que ya no cantaba a nadie desde el asiento trasero de su viejo coche.
ℵ
Las oficinas de la empresa de autobuses Dan rugían al ritmo acompasado de sus viejas maquinas de aire acondicionado. El agua color marrón se escapaba entre los anticuados tubos y caían por la pared formando esas capas de mugre húmeda que tanto caracterizaban a aquella curiosa ciudad. Ari empujó la puerta con su pie derecho y se introdujo velozmente, guiado por cinco frustrantes experiencias. Se limpió el sudor de la frente y lo trasladó al lateral de su pantalón, dejando una extraña marca con aires de pintura rupestre. Después giró ligeramente la barbilla, liberando la copiosa ceniza del cigarrillo que aplastaba entre los dientes. Sintió calor entre sus labios y escupió la colilla hacia un cenicero colapsado que lo repelió sin titubear. A continuación volvió a frotar sus manos contra el pantalón y se acercó al solitario mostrador. La empleada le miraba sonriente, divertida por todas aquellos extraños movimientos que había realizado desde su llegada. Se irguió lentamente, liberando los inmensos pechos que estrujaba entre sus brazos y los contoneó ligeramente, pero la gravedad se los llevó despiadadamente camino de su ombligo. Ari movió los labios, pero su voz era imperceptible. Su mano derecha se alargó acompañada de un claro temblor. Volvió a decir algo, pero la empleada seguía sin entenderle.
-Tú debes ser el que ha suspendido cinco veces. Deberías tranquilizarte. ¿Has probado con yoga? Si te pones así para pedir una solicitud no quiero ni imaginar donde vas a estrellarte el día del examen.
Ari intento sonreír, visiblemente molesto, pero ni eso era capaz de hacer. Encendió un cigarrillo y comenzó a rellenar la solicitud. Seguía sudando y las gotas que desprendía su frente caían sobre el papel. Lo agitó antes de entregárselo a la chica del mostrador, que lo agarró con dos dedos y muestras de repulsión. Después estampó su sello con contundencia y dio el resguardo a Ari.
ANTERIOR
SIGUIENTE
Relato completo aquí
18.10.08
Dicen que el café ha muerto
Dicen que el café ha muerto, pero nadie se molesta en enterrarlo, les basta con sorber sus restos en descomposición y recostarse con placer a fumar un cigarro. Nadie se acuerda que una vez estuvo vivo, que retozaba en nuestros paladares como las vacas en los pastos, que burbujeaba en nuestras gargantas, que nos mantenía despiertos, que nos daba esa vida que ya estaba muerta. A fin de cuentas el coño es de ella. Nada es lo mismo, pero todo es igual, y hay quien aun se afana en que se lo explique. Al amor se le cayó la r final, la atenuaron unos labios sinuosos que no puedo comprar por mucho dinero que tenga. Y los chamarileros de la cultura siguen ganando ese dinero, porque somos incultos, porque no nos dimos cuenta que la cultura ya no es lo que era, que al contrario que los besos si se puede comprar o vender. Yo la vendí, y dicen que no soy inculto, pero la vendí. Quizás porque no puedo comprar besos, quizás porque soy de los pocos que saben que el café ha muerto, quizás porque a fin de cuentas el coño es de ella. Y las oposiciones de intelectual excéntrico se demoran, día tras día, hora tras hora, y yo sigo estudiando, sin saber por qué. Me gustan los labios, pero no puedo sentir placer y verlos a la vez, pero eso no jode, lo que jode es que no puedo comprar besos, porque los chatarreros de la cultura venden libros, y los compran, pero de besos solo saben a que saben. No todo los besos saben igual, los hay que saben a continente subdesarrollado, que son los mejores, no porque sepan mejor, sino porque no se compran. Y los hay que saben a engaño, pero esos no quiero probarlos. Tuve sobredosis. Es una vulgaridad haber vivido tanto y solo haber sufrido sobredosis de besos de engaño. Nada de sobredosis de droga, que son las buenas, aunque no sean santas. Y la culpa es de la gastronomía, ese orondo concepto que nos destroza la vida. A la adicción se le llama gula, y a la sobredosis empacho. Y dicen que no es lo mismo, pero no es verdad, no es lo mismo pero es igual. Mis sobredosis son vulgares, pero más vulgar es el coño de ella. En el fondo todos los coños son vulgares. ¿Qué han hecho de original? Nada, solo se abren, echan sangre y se tiran pedos vaginales. A fin de cuentas el coño es de ella, pero el aire lo introduje yo. Esos pedos me pertenecen, son un monumento a mi esfuerzo, o a mi lujuria, o a mi adicción. Ya nadie mea en orinal, ni tiene cocinas de carbón, ni come yogur casero, aunque hagan yogurteras. En China las hacen, y también hacen zapatillas. Me gustan las zapatillas, son graciosas, y curiosas. Conozco unas zapatillas fabricadas en Taiwan, las compró un americano en la costa del sol, y le mataron por ellas en una calle de Venezuela, es ridículo morir por unas zapatillas, pero tiene gracia. Los hay que mueren por esa cosa que llaman patria, lo cual es todavía mas ridículo, y no me hace gracia. Los hay que mueren por dinero, que no es ridículo pero es lamentable. Y los hay que mueren por una espina de pescado. Yo no como pescado, no por miedo a la muerte, simplemente no me gusta. Los coños huelen a pescado, no me gusta su sabor, pero los como. Es mas, quiero morir atragantado comiéndola el coño, ese coño que a fin de cuentas es de ella, asfixiado bajo la inmundicia de un pedo vaginal, con mucho liquido, con mis pequeños espermatozoides muertos ahogando mi garganta. ¿Somos asesinos? Si, lo somos. Matamos tantas cosas, somos cerdos homicidas. Matamos la esperanza, matamos la amistad, matamos el amor, matamos espermatozoides, y lo peor de todo, matamos al hijo bastardo del romano una vez al año. Somos genocidas del sufrimiento, somos lo peor de lo peor. Yo no mato nada, solo neuronas, pierdo millones al día. No me gusta matar neuronas, pero tampoco me importa mucho. Lo mejor de matarlas es que nunca te lo recriminan. Recriminar es un verbo muy extraño, nadie sabe usarlo sin pronombres reflexivos. No recriminamos cosas, ni acciones, recriminamos personas. Las personas existen, en serio, yo he encontrado una docena más o menos. Estaban borrachos, las personas se emborrachan, cometen errores, y los reconocen. Los individuos te recuerdan tus errores pero no piensan en los que cometieron. Me gusta precisar conceptos, lo hago esperando el autobús. Los autobuses no son todos iguales. En España se pagan, en Italia no, en Egipto se estropean, en Israel explotan. Pero no es triste que exploten, lo triste es que cuando explotan a veces llevan personas. Y todo por la puta patria. Y a fin de cuentas el coño es de ella, pero el aire lo introduje yo. Yo también fui niño. Era un niño mono. Ahora tengo pelos en los huevos, pero ya no soy mono. Soy otras cosas. Ser una cosa es jodido, como ser un armario, o una taza de te, o un sonajero. Pero mas jodido es ser persona. En realidad todo es jodido. En la ficción solo lo que quieres, en los sueños solo el despertarse, y en la muerte el silencio. Yo no he estado muerto, pero se que la muerte es silencio. Al menos nunca me ha hablado un muerto. Ni me ha saludado, por eso el café ni replica ni saluda. A veces, muy pocas veces, contadas veces, se deja beber.
Etiquetas:
el cafe ha muerto,
relato,
Relato corto
13.10.08
Relato corto. Sherut 5
ℵ
La señora Burkarwies pensó muchas cosas al abrir la puerta, pero saludó con su habitual fría cortesía alemana a Ari y Tamar, y no dejó que por su rostro se vislumbrara ni una sola emoción. La moderna casa rezumaba una contradictoria calidez mediterránea, a pesar de que Ari sabía que se encontraba al otro lado de los Alpes, en pleno corazón de Alemania. Se pasó la mano por el cabello revuelto y aspiró una calada del cigarrillo que llevaba entre los labios. Del salón surgió la ronca y áspera voz del abuelo de Gali.
-¡Shabes!
Ari apagó el cigarrillo contra la suela de su zapato y se introdujo en el salón seguido de Tamar, que continuaba con las costras de pintura por todo el cuerpo, aunque había añadido unos vaqueros a la vieja camisa que seguía entreabierta mostrando a medias sus firmes y morenos pechos orientales.
-Shabat Shalom –dijo dulcemente, y después esperó a que Ari la presentara ante su familia política.
-Encantado -se oyó decir al elegante y distinguido general Samuel Burkarwies, que desde su sofá controlaba la situación observando por encima de las gafas-. Supongo que ese maquillaje que lleva es la ultima moda juvenil.
Tamar sonrío dejando al descubierto sus dientes hiperblancos, orgullosa de que aquel tipo tan importante se la comiera con los ojos.
-Soy pintora, Ari me ha sacado arrastrando de casa, así que no he podido ni ducharme.
-Entiendo -dijo Burkarwies, que no entendía nada.
Gali apareció por detrás y se colgó del cuello de Ari, que se entretenía dando pequeños puntapiés al perro. Sacó un cigarrillo mientras arrastraba a la divertida Gali por toda la habitación. El abuelo Hans gruño de nuevo.
-¡Shabes, Shabes! -repitió con su cara de perro.
Ari volvió a guardar el cigarrillo, mirando con cara de pocos amigos al abuelo. Gali ya se había descolgado de su cuello y acariciaba al perro mientras charlaba animadamente con Tamar.
-Ari, quería hablar contigo -dijo el general en tono marcial, con sus fríos ojos prusianos que Gali había heredado empequeñecidos tras las lentes.
-Dime Samuel, ¿qué ocurre?
-Ya sé que no te gusta hablar de esto, pero la semana que viene son las pruebas de la Sinfónica de Israel y he pensado que quizás te interesaría presentarte. Conozco a un par de amigos en el gobierno y podrían ayudarte. Es....
Ari se sentó a su lado, incomodo.
-Veras Samuel. Te agradezco tu interés, de veras, pero voy a repetirte lo que llevo intentando que comprendas desde hace años. Si quisiera ese puesto me presentaría por mí mismo, y lo conseguiría. Pero no es lo que quiero. Si deje mi país y decidí quedarme aquí es para ser conductor de autobús, exactamente para eso. De lo contrario seguiría en mi casa, con mi familia, mis amigos. Lo único que me une a Israel es ese sueño, lo único que me da fuerzas para aguantar aquí, en este país insufrible. Sé que tu intención es buena, pero no estoy dispuesto a mantener conversaciones de este tipo todos los viernes.
Burkarwies respiró fuerte, herido en su orgullo de militar. Por menos de eso habría mandado al calabozo a cualquiera de sus soldados. Intentó calmar el impulso que le llamaba a golpear al novio de su hija y después le sonrío tímidamente.
-Ari, Ari, seamos razonables. Gali es mi única hija, debes pensar en su futuro. ¿Crees que será feliz al lado de un conductor de autobús?
-No veo por que no. Ya soy conductor de sherut y lleva a mi lado cuatro años. Ella tiene un buen trabajo, gana lo suficiente para todos sus caprichos y le sobra.
-No es cuestión de dinero, ya sé que tiene más que todos nosotros. Es cuestión de prestigio social. Dentro de dos meses me retiro, los laboristas me han ofrecido que entre en política y me presente a la Knesset . Entonces será la hija de un diputado. Eso sin contar su brillante futuro laboral. Algún día accederá a un puesto de responsabilidad y tendrá compromisos sociales.
-Bueno, no creo que a los laboristas les importe que tengas un yerno conductor de autobús. Son de izquierdas, ¿no? Y si no les gusta te presentas por Meretz .
El viejo general resopló herido en su orgullo prusiano, y se disponía a decir un par de cosas bien dichas a aquel joven insolente cuando este se levantó y sonriendo a la madre de Gali exclamó:
-¡Así que hoy no comemos pescado!
ANTERIOR
SIGUE
Relato completo aquí
La señora Burkarwies pensó muchas cosas al abrir la puerta, pero saludó con su habitual fría cortesía alemana a Ari y Tamar, y no dejó que por su rostro se vislumbrara ni una sola emoción. La moderna casa rezumaba una contradictoria calidez mediterránea, a pesar de que Ari sabía que se encontraba al otro lado de los Alpes, en pleno corazón de Alemania. Se pasó la mano por el cabello revuelto y aspiró una calada del cigarrillo que llevaba entre los labios. Del salón surgió la ronca y áspera voz del abuelo de Gali.
-¡Shabes!
Ari apagó el cigarrillo contra la suela de su zapato y se introdujo en el salón seguido de Tamar, que continuaba con las costras de pintura por todo el cuerpo, aunque había añadido unos vaqueros a la vieja camisa que seguía entreabierta mostrando a medias sus firmes y morenos pechos orientales.
-Shabat Shalom –dijo dulcemente, y después esperó a que Ari la presentara ante su familia política.
-Encantado -se oyó decir al elegante y distinguido general Samuel Burkarwies, que desde su sofá controlaba la situación observando por encima de las gafas-. Supongo que ese maquillaje que lleva es la ultima moda juvenil.
Tamar sonrío dejando al descubierto sus dientes hiperblancos, orgullosa de que aquel tipo tan importante se la comiera con los ojos.
-Soy pintora, Ari me ha sacado arrastrando de casa, así que no he podido ni ducharme.
-Entiendo -dijo Burkarwies, que no entendía nada.
Gali apareció por detrás y se colgó del cuello de Ari, que se entretenía dando pequeños puntapiés al perro. Sacó un cigarrillo mientras arrastraba a la divertida Gali por toda la habitación. El abuelo Hans gruño de nuevo.
-¡Shabes, Shabes! -repitió con su cara de perro.
Ari volvió a guardar el cigarrillo, mirando con cara de pocos amigos al abuelo. Gali ya se había descolgado de su cuello y acariciaba al perro mientras charlaba animadamente con Tamar.
-Ari, quería hablar contigo -dijo el general en tono marcial, con sus fríos ojos prusianos que Gali había heredado empequeñecidos tras las lentes.
-Dime Samuel, ¿qué ocurre?
-Ya sé que no te gusta hablar de esto, pero la semana que viene son las pruebas de la Sinfónica de Israel y he pensado que quizás te interesaría presentarte. Conozco a un par de amigos en el gobierno y podrían ayudarte. Es....
Ari se sentó a su lado, incomodo.
-Veras Samuel. Te agradezco tu interés, de veras, pero voy a repetirte lo que llevo intentando que comprendas desde hace años. Si quisiera ese puesto me presentaría por mí mismo, y lo conseguiría. Pero no es lo que quiero. Si deje mi país y decidí quedarme aquí es para ser conductor de autobús, exactamente para eso. De lo contrario seguiría en mi casa, con mi familia, mis amigos. Lo único que me une a Israel es ese sueño, lo único que me da fuerzas para aguantar aquí, en este país insufrible. Sé que tu intención es buena, pero no estoy dispuesto a mantener conversaciones de este tipo todos los viernes.
Burkarwies respiró fuerte, herido en su orgullo de militar. Por menos de eso habría mandado al calabozo a cualquiera de sus soldados. Intentó calmar el impulso que le llamaba a golpear al novio de su hija y después le sonrío tímidamente.
-Ari, Ari, seamos razonables. Gali es mi única hija, debes pensar en su futuro. ¿Crees que será feliz al lado de un conductor de autobús?
-No veo por que no. Ya soy conductor de sherut y lleva a mi lado cuatro años. Ella tiene un buen trabajo, gana lo suficiente para todos sus caprichos y le sobra.
-No es cuestión de dinero, ya sé que tiene más que todos nosotros. Es cuestión de prestigio social. Dentro de dos meses me retiro, los laboristas me han ofrecido que entre en política y me presente a la Knesset . Entonces será la hija de un diputado. Eso sin contar su brillante futuro laboral. Algún día accederá a un puesto de responsabilidad y tendrá compromisos sociales.
-Bueno, no creo que a los laboristas les importe que tengas un yerno conductor de autobús. Son de izquierdas, ¿no? Y si no les gusta te presentas por Meretz .
El viejo general resopló herido en su orgullo prusiano, y se disponía a decir un par de cosas bien dichas a aquel joven insolente cuando este se levantó y sonriendo a la madre de Gali exclamó:
-¡Así que hoy no comemos pescado!
ANTERIOR
SIGUE
Relato completo aquí
6.10.08
Relato corto. Sherut 4
ℵ
La puerta se abrió chirriante y Ari divisó al otro lado una mejilla morena y tersa que besó con más emoción que la de Gali. Después sonrío y se introdujo en la cálida casa rebosante de tonos pastel. Por un instante recordó Lisboa y los veranos que había pasado allí, entre casas de colores y olor a saudade, eso que nadie sabe definir pero todos conocen después de entender aquella ciudad incomprensible. Tamar estaba desnuda, con inmensas costras de pintura por todo su cuerpo, y se sentó haciendo un imposible puzzle con sus finas piernas.
-Hoy has abandonado a tu pescado -dijo mientras se ponía una vieja camisa que Ari le había regalado-. Si no te casas pronto con Gali no tendrás tiempo de divorciarte.
-A lo mejor me caso contigo y no nos divorciamos nunca.
Tamar sonrío y encendió un par de cigarros, alargando uno a Ari.
-Debería estar contenta, después de doscientos viernes asquenazíes has decidido dedicarme uno a mí. Pero no me hago ilusiones, sé que lo haces porque odias el pescado.
Ari revoloteaba por el estudio, mirando el cuadro en el que Tamar trabajaba. Demasiados tonos naranjas, pensó sin mucho interés.
-No, no lo hecho por eso. Es cuestión de principios, puedes pasar mil y una noches haciendo el amor, escuchando música, bailando, bebiendo, pero no se puede comer Gefilta Fish mil y una noches seguidas. Desposeería a esa definición de su sustancia, de su seducción. Seria un homicidio. Y yo no soy un asesino.
-¿Y Gali? ¿Cómo se lo ha tomado? -Ari se encogió de hombros.
-Ya conoces a Gali, ella es el equilibrio hecho mujer. Lo encajó bastante tranquila. Se bajó la falda con esa mueca que tanto me gusta y dijo: hoy te quedas sin postre. Patético. Como si tuviera dos años. Casi me muero de risa.
-Dios mío, deberías hacerle un hijo. Solo así saldría de su casa de muñecas para entrar en otra. Así que sin postre, y has venido a que te lo de yo, ¿no?
-No, he venido porque después de pasar doscientos viernes cenando en casa de sus padres no se me ocurre otra cosa que hacer en viernes.
-Vaya, gracias. Siempre me ha gustado tu sinceridad, pero hazme un favor, miénteme de vez en cuando.
Ari se tumbo en el suelo y acarició la morena pierna de Tamar, después pegó su nariz sobre la piel manchada y olió ese aroma ácido y oriental que también desprendía su volante. A continuación pasó su perfecta mano de pianista a lo largo del muslo, como hacia con su volante al salir de las curvas, y sintió esa sensación de alivio que tenia al conducir. La piel de Tamar se estremeció bajo las precisas caricias de Ari, y dejó escapar un estudiado suspiro de satisfacción. Ari observó sus ojos negros como la muerte, profundos y seguros, que lo contemplaban con un intenso brillo, y creyó escuchar de sus labios morados y bien trazados un tócame otra vez Sam que nadie había pronunciado, sintiendo una ligera erección bajo el claro pantalón, seguido de un leve dolor. Eso es lo que más le molestaba de su conversión, aquellos malditos roces del glande desnudo sobre la tela que le dolían física y moralmente, porque le recordaban que ya no era una joven promesa musical si no un israelí que conducía un viejo sherut. Se irguió melancólico y miró a la indiferente Tamar. Después desabrochó un par de botones de su camisa y acarició la cicatriz que partía el moreno pezón de Tamar por la mitad y que el mismo había causado indirectamente. Lo rozó como rozaba las teclas del piano camino del son final y sonrió como un niño feliz al ver como se endurecía y se bifurcaba a ambos lados de la cicatriz.
-Eres un sádico, podrías pasarte horas contemplando ese horrible pezón.
Ari levantó la vista y besó el pecho de Tamar antes de sentarse frente a ella.
-¿Cómo son los pezones de Gali? -preguntó Tamar con aire de curiosidad y una suplicante reverencia.
-Son pezones asquenazíes, claros, rosados, suaves, y se irritan, se ponen rojos como un bebe escocido. Pero no tienen cicatriz. Si me dejara hacerle una me casaría con ella.
-Estás loco, Ari. Nunca he entendido que haces en este país que te asfixia. Tú tienes talento, vuelve a tocar tu piano. Podrías entrar en cualquier filarmónica del mundo, y en cambio lo único que te interesa es ser conductor de autobús y las cicatrices en los pezones.
Ari sonrío, molesto y algo enfadado, y después volvió a dar vueltas por el apartamento, leyendo un par de papeles y jugando con un oso de peluche. El teléfono sonó al fondo y observó como Tamar se levantaba dejando su cuerpo al descubierto entre la camisa azul desteñida. Después descolgó el auricular con un movimiento lento, casi exasperante.
-Ah, hola Gali. Si esta aquí, ahora te lo paso. Ari, es Gali.
Tamar alargó su brazo y esperó con una sonrisa irónica en los labios a que Ari se acercara con desidia y tomara el relevo.
-Sí, no me digas, en serio, no me lo puedo creer, esta bien, iré, si, ahora,......, si, Tamar irá conmigo. Vale, un beso. Hasta ahora.
Tamar estaba de nuevo en el suelo, esta vez tumbada, y seguía mirando a Ari con aire de sorna.
-Dice que hoy no hay pescado, que su madre ha preparado otra cosa. La he dicho que vendrías conmigo.
-Pero Ari, no puedo ir a casa de los padres de Gali, ¿que van a pensar? -replicó Tamar.
-Que piensen lo que quieran.
ANTERIOR
SIGUE
La puerta se abrió chirriante y Ari divisó al otro lado una mejilla morena y tersa que besó con más emoción que la de Gali. Después sonrío y se introdujo en la cálida casa rebosante de tonos pastel. Por un instante recordó Lisboa y los veranos que había pasado allí, entre casas de colores y olor a saudade, eso que nadie sabe definir pero todos conocen después de entender aquella ciudad incomprensible. Tamar estaba desnuda, con inmensas costras de pintura por todo su cuerpo, y se sentó haciendo un imposible puzzle con sus finas piernas.
-Hoy has abandonado a tu pescado -dijo mientras se ponía una vieja camisa que Ari le había regalado-. Si no te casas pronto con Gali no tendrás tiempo de divorciarte.
-A lo mejor me caso contigo y no nos divorciamos nunca.
Tamar sonrío y encendió un par de cigarros, alargando uno a Ari.
-Debería estar contenta, después de doscientos viernes asquenazíes has decidido dedicarme uno a mí. Pero no me hago ilusiones, sé que lo haces porque odias el pescado.
Ari revoloteaba por el estudio, mirando el cuadro en el que Tamar trabajaba. Demasiados tonos naranjas, pensó sin mucho interés.
-No, no lo hecho por eso. Es cuestión de principios, puedes pasar mil y una noches haciendo el amor, escuchando música, bailando, bebiendo, pero no se puede comer Gefilta Fish mil y una noches seguidas. Desposeería a esa definición de su sustancia, de su seducción. Seria un homicidio. Y yo no soy un asesino.
-¿Y Gali? ¿Cómo se lo ha tomado? -Ari se encogió de hombros.
-Ya conoces a Gali, ella es el equilibrio hecho mujer. Lo encajó bastante tranquila. Se bajó la falda con esa mueca que tanto me gusta y dijo: hoy te quedas sin postre. Patético. Como si tuviera dos años. Casi me muero de risa.
-Dios mío, deberías hacerle un hijo. Solo así saldría de su casa de muñecas para entrar en otra. Así que sin postre, y has venido a que te lo de yo, ¿no?
-No, he venido porque después de pasar doscientos viernes cenando en casa de sus padres no se me ocurre otra cosa que hacer en viernes.
-Vaya, gracias. Siempre me ha gustado tu sinceridad, pero hazme un favor, miénteme de vez en cuando.
Ari se tumbo en el suelo y acarició la morena pierna de Tamar, después pegó su nariz sobre la piel manchada y olió ese aroma ácido y oriental que también desprendía su volante. A continuación pasó su perfecta mano de pianista a lo largo del muslo, como hacia con su volante al salir de las curvas, y sintió esa sensación de alivio que tenia al conducir. La piel de Tamar se estremeció bajo las precisas caricias de Ari, y dejó escapar un estudiado suspiro de satisfacción. Ari observó sus ojos negros como la muerte, profundos y seguros, que lo contemplaban con un intenso brillo, y creyó escuchar de sus labios morados y bien trazados un tócame otra vez Sam que nadie había pronunciado, sintiendo una ligera erección bajo el claro pantalón, seguido de un leve dolor. Eso es lo que más le molestaba de su conversión, aquellos malditos roces del glande desnudo sobre la tela que le dolían física y moralmente, porque le recordaban que ya no era una joven promesa musical si no un israelí que conducía un viejo sherut. Se irguió melancólico y miró a la indiferente Tamar. Después desabrochó un par de botones de su camisa y acarició la cicatriz que partía el moreno pezón de Tamar por la mitad y que el mismo había causado indirectamente. Lo rozó como rozaba las teclas del piano camino del son final y sonrió como un niño feliz al ver como se endurecía y se bifurcaba a ambos lados de la cicatriz.
-Eres un sádico, podrías pasarte horas contemplando ese horrible pezón.
Ari levantó la vista y besó el pecho de Tamar antes de sentarse frente a ella.
-¿Cómo son los pezones de Gali? -preguntó Tamar con aire de curiosidad y una suplicante reverencia.
-Son pezones asquenazíes, claros, rosados, suaves, y se irritan, se ponen rojos como un bebe escocido. Pero no tienen cicatriz. Si me dejara hacerle una me casaría con ella.
-Estás loco, Ari. Nunca he entendido que haces en este país que te asfixia. Tú tienes talento, vuelve a tocar tu piano. Podrías entrar en cualquier filarmónica del mundo, y en cambio lo único que te interesa es ser conductor de autobús y las cicatrices en los pezones.
Ari sonrío, molesto y algo enfadado, y después volvió a dar vueltas por el apartamento, leyendo un par de papeles y jugando con un oso de peluche. El teléfono sonó al fondo y observó como Tamar se levantaba dejando su cuerpo al descubierto entre la camisa azul desteñida. Después descolgó el auricular con un movimiento lento, casi exasperante.
-Ah, hola Gali. Si esta aquí, ahora te lo paso. Ari, es Gali.
Tamar alargó su brazo y esperó con una sonrisa irónica en los labios a que Ari se acercara con desidia y tomara el relevo.
-Sí, no me digas, en serio, no me lo puedo creer, esta bien, iré, si, ahora,......, si, Tamar irá conmigo. Vale, un beso. Hasta ahora.
Tamar estaba de nuevo en el suelo, esta vez tumbada, y seguía mirando a Ari con aire de sorna.
-Dice que hoy no hay pescado, que su madre ha preparado otra cosa. La he dicho que vendrías conmigo.
-Pero Ari, no puedo ir a casa de los padres de Gali, ¿que van a pensar? -replicó Tamar.
-Que piensen lo que quieran.
ANTERIOR
SIGUE
5.10.08
Shivaree - Goodnight Moon
lyrics letra
Theres a nail in the door
And theres glass on the lawn
Tacks on the floor
And the tv is on
And I always sleep with my guns
When youre gone
Theres a blade by the bed
And a phone in my hand
A dog on the floor
And some cash on the nightstand
When Im all alone the dreaming stops
And I just cant stand
What should I do Im just a little baby
What if the lights go out and maybe
And then the wind just starts to moan
Outside the door he followed me home
Well goodnight moon
I want the sun
If its not here soon
I might be done
No it wont be too soon til I say
Goodnight moon
Theres a shark in the pool
And a witch in the tree
A crazy old neighbour and hes been watching me
And theres footsteps loud and strong coming down the hall
Somethings under the bed
Now its out in the hedge
Theres a big black crow sitting on my window ledge
And I hear something scratching through the wall
Oh what should I do Im just a little baby
What if the lights go out and maybe
I just hate to be all alone
Outside the door he followed me home
Now goodnight moon
I want the sun
If its not here soon
I might be done
No it wont be too soon til I say
Goodnight moon
Well youre up so high
How can you save me
When the dark comes here
Tonight to take me up
The mouth from woke
And into bed where it kisses my face
And eats my hand
Oh what should I do Im just a little baby
What if the lights go out and maybe
And then the wind just starts to moan
Outside the door he followed me home
Now goodnight moon
I want the sun
If its not here soon
I might be done
No it wont be too soon til I say
Goodnight moon
No it wont be too soon til I say
Goodnight moon
Theres a nail in the door
And theres glass on the lawn
Tacks on the floor
And the tv is on
And I always sleep with my guns
When youre gone
Theres a blade by the bed
And a phone in my hand
A dog on the floor
And some cash on the nightstand
When Im all alone the dreaming stops
And I just cant stand
What should I do Im just a little baby
What if the lights go out and maybe
And then the wind just starts to moan
Outside the door he followed me home
Well goodnight moon
I want the sun
If its not here soon
I might be done
No it wont be too soon til I say
Goodnight moon
Theres a shark in the pool
And a witch in the tree
A crazy old neighbour and hes been watching me
And theres footsteps loud and strong coming down the hall
Somethings under the bed
Now its out in the hedge
Theres a big black crow sitting on my window ledge
And I hear something scratching through the wall
Oh what should I do Im just a little baby
What if the lights go out and maybe
I just hate to be all alone
Outside the door he followed me home
Now goodnight moon
I want the sun
If its not here soon
I might be done
No it wont be too soon til I say
Goodnight moon
Well youre up so high
How can you save me
When the dark comes here
Tonight to take me up
The mouth from woke
And into bed where it kisses my face
And eats my hand
Oh what should I do Im just a little baby
What if the lights go out and maybe
And then the wind just starts to moan
Outside the door he followed me home
Now goodnight moon
I want the sun
If its not here soon
I might be done
No it wont be too soon til I say
Goodnight moon
No it wont be too soon til I say
Goodnight moon
29.9.08
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

